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martes, 18 de marzo de 2008

El gran lamento de mi oscuridad tercera

en nuestra casa las flores pendulares se encienden y las plumas cercan la luz
el mañana de azufre lejano las vacas lamen las flores de sol
hijos míos
hijos míos

nos arrastramos siempre por el color del mundo
que se diría más azul que el metro y que la astronomía
estamos demasiado delgados
nosotros no tenemos boca
nuestras piernas están tiesas y se entrechocan
nuestros rostros no tienen forma como las estrellas
cristales puntos sin fuerza fuego quemada la basílica
locura: los zigzags crujen
teléfono
morder ligaduras liquarse
el arco
trepar
astral
la memoria
hacia el norte por su fruto repetido
como la carne cruda
hambre fuego sangre

Tristán Tzará

Tristán Tzará nació en Moinesti (Rumanía) el 4 de abril de 1896, y murió en París en 1963. En España se le dio a conocer bastante tarde, de hecho varios años después de su muerte, a pesar de que hacía ya tiempo que era mundialmente reconocido, tanto por su obra como por el ejemplo de su vida.

De pequeño se crió en un ambiente de la alta burguesía y de un alto nivel cultural. En 1916 empezó a estudiar Filosofía y Matemáticas en Suiza, en donde tomó contacto con artista de toda Europa que habían ido a parar a ese país huyendo de la guerra. Entre ellos se hallaba el alemán Hugo Ball, que hacía poco había fundado un cabaret artístico, lugar que fue la cuna del movimiento artístico renovador conocido como DADA. La paternidad del dadaísmo debe concederse a Ball, Hans Arp, Richard Huelsenbeck, al pintor Marcel Janco y al propio Tzará.

En Zurich el dadaísmo fue, en el lapso que va desde 1916 hasta 1919, un movimiento de rebeldía y fuerza creativa. A esta época pertenecen los dos primeros libros --los más auténticamente dadaístas, por otra parte--- de Tristán Tzará.

Lo significativo del dadaísmo fue su anteponer la vida al arte, y expresar con sus obras y sus actos que la vida es precisamente lo definitivo, hasta el punto que solamente tiene sentido el arte nacido de esa vida, vivida hasta sus últimas consecuencias. Frente al idioma preso de sí mismo a la vez que autosuficiente del simbolismo, la poesía de Tzará rompe todas las barreras imaginables para abrazar el absurdo, la soledad, el horror a la guerra y el rechazo de la sociedad inhumana en todas sus variantes.

A partir del año 24 --tenido como el del inicio del surrealismo-- Tzará se aparta progresivamente de los trabajos de grupo y de cara al público, para enfocar su obra en la defensa de su idea del ser humano y de la cultura. En el año 30 estableció un contacto duradero con el surrealismo, aunque mantuvo su independencia con respecto a ese movimiento.

Y fin, que las lenguas trepan por las enredaderas, el guepardo acecha en el tejado, el lagarto canta una nana a la mandrágora y los perros ocultan tras las cortinas sus colmillos.